Texto y registro fotográfico: Walterio Iraheta
Venecia, la ciudad flotante, una maravilla de la arquitectura antigua, los niveles del agua que la rodean fluctúan en un vaivén rítmico, un sube y baja que a veces excede los niveles y encienden sirenas de alarma en lo que parece ser una perfecta metáfora en la historia de la Bienal más vieja y la de más prestigio en el mundo del arte.
Cada edición tiene su propio “nivel”, cada proyecto expositivo que se presenta en este evento tiene su propio “nivel”; un nivel que puede variar de acuerdo al país o el área que representa, de acuerdo al curador, a los artistas que incluye y por supuesto a los ojos con el que el público lo mire.
Y la cosa para este año pintaba extraña, desde que se supo de la polémica curadora general de la bienal, Bice Curiger, además de la idea de mostrar obras de Tintoretto junto a un caudal de piezas contemporáneas.
Bajo el título Iluminaciones, esta edición de la bienal pretendía encontrar “lo nuevo en lo muy viejo”, como reza la periodista Carol Vogel. Una idea que se antoja complicada si nos remitimos a los resultados, la falta de armonía en la exhibición central en Arsenale, por ejemplo, o los altibajos en la calidad de los pabellones de Giardinni, y algunos pabellones en los alrededores de la ciudad francamente prescindibles.
Continúa en Página #36, RARA Edición Cuatro.